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Duelo mundial por un rey
feudal, dilapidador, Tras la muerte del monarca Fahd
de Arabia Saudí, El rey Fahd, titular de la Corona de Arabia Saudí, pasó a mejor vida el último 1 de agosto. El
fallecimiento llenó páginas con conjeturas sobre el futuro del país, sobre
las alegrías del difunto con el dinero y, sobre todo, con cuestiones sobre
los hidrocarburos. Hubo muestras internacionales de máximo respecto, difícilmente
justificables si se atiende a la realidad de su reinado y a su desdén por los
derechos humanos. Pero, ya se sabe, el dinero manda. Jaime Meilán Nueva York El pasado junio, tres académicos saudíes
eran condenados sin miramientos a entre seis y diez años de prisión. Su
pecado fue firmar un llamamiento a que se celebren elecciones en Arabia Saudí. A otros, muy pocos, ciudadanos del reino se les
ocurrió manifestarse en la capital, Riad, y se
ganaron penas muy acordes con los tiempos que corren: cien latigazos por
cabeza. Son detalles de cómo discurría la vida bajo la Corona de Fahd bin Abdelaziz
al Saud, más conocido como el rey Fahd. Y estos detalles parecen importar muy poco cuando
se está hablando del primer productor mundial de petróleo. Así, en España, el Gobierno de Rodríguez
Zapatero se apresuró a decretar un día de luto nacional en cuanto llegó la
noticia de la muerte del monarca. Se justificó por “los profundos vínculos
históricos, de amistad y de solidaridad existentes entre las Casas Reales,
los Gobiernos y los pueblos de los Reinos de Arabia Saudí
y de España”. El propio Juan Carlos I habló de sus “estrechos vínculos de
afecto y amistad” con el difunto. Amistad y visión Desde la Casa Blanca, George W. Bush habló de ese
hombre “sabio (...) amigo y fuerte aliado” de EEUU, y despachó a su fiel
vicepresidente, Dick Cheney,
para que encabezará la representación oficial en las honras fúnebres. En Bruselas, el alto representante para
la Política Exterior y de Seguridad, el inefable Javier Solana, subrayó “el
valor y la visión” del monarca. Y, en fin, desde Londres el primer ministro
británico, Tony Blair, se
refirió a ese “amigo” que “lideró Arabia Saudí a
través de un período de prosperidad y desarrollo sin parangón”. (Nota del
redactor: la tasa de desempleo en el reino de Fahd
se sitúa en torno al 30% y “las chavolas florecen en los suburbios de sus
ciudades de acero y cristal”, descripción esta de un cronista de The Christian Science Monitor). Fahd había hecho de Marbella, en la costa
mediterránea de España, uno de sus lugares preferidos de vacaciones. Los
responsables del municipio no quisieron quedarse atrás en esta competición
internacional de la alabanza al muerto. Si los gobernantes de Madrid
decretaron un día de luto, los
munícipes marbellíes se descolgaron con tres, y abrieron el procedimiento
para declararle hijo adoptivo de la ciudad, aunque sea a título póstumo. Para
algo se había gastado allí los petrodólares el monarca. Los telediarios recordaron cómo llegaba Fahd con su modesto séquito (en torno a 3.000 personas),
sus helicópteros, su avión, su yate y sus coches de superlujo;
cómo alquilaba cientos de habitaciones hoteleras asequibles sólo para los
millonarios, cómo levantó su increíble palacio Nahda
(su remodelación le costó unos 192 millones de dólares) o cómo compraba joyas
o asumía como quien consume una caña de cerveza un gasto diario medio de más
de 30.000 dólares. Fueron estas las anécdotas que se
escucharon del “gran aliado” de Occidente en el mundo árabe. Siempre con un
tono de fascinación y respeto, o incluso envidia sana. “Mujeriego impenitente, se hizo famoso
entre las bailarinas de la costa de Beirut, tanto por el dinero que
derrochaba como por sus apetitos carnales. El rey Faisal
le toleró sus excesos hasta que un fotógrafo de Paris Match le sorprendió a
la salida de un casino, acompañado de dos damiselas que le sostenían al
termino de una velada en que se despachó las reservas de Scotch
del local y perdió un millón de dólares en la ruleta”, se pudo leer sobre sus
años de juventud. Después, ya monarca él, cambió el tercio y se declaró
“custodio de las dos mezquitas sagradas”, por Meca y Medina. Liderazgo y
visión, sin duda. Derechos y libertades Nada, sin embargo, se habló de la
situación política, las libertades civiles y los derechos humanos en la
Arabia del rey Fahd (y la de su sucesor, Abdalá bin Abdelaziz,
que ejercía de monarca de facto desde 1995). El país es controlado por una
monarquía de tintes feudales y encomendada a Alá y
al petróleo. El único atisbo -muy lejano- de democracia lo tuvo en una recientes y muy limitaditas elecciones locales. “Los
ciudadanos no tienen derecho a cambiar de Gobierno”, resaltan los documentos
del Departamento de Estado norteamericano; el mismo que habla de informes
según los que “las fuerzas de seguridad (saudíes) continúan torturando y
abusando de los detenidos y prisioneros” o habla de un Gobierno, el de Fahd, que “sigue restringiendo las libertades de
expresión, prensa (...) reunión, asociación, religión y movimiento” y
mantiene “la violencia y discriminación contra las mujeres, la violencia
contra los niños, la discriminación contra las minorías étnicas y religiosas
y las estrictas limitaciones de los derechos de los trabajadores”. Con este curriculum,
el difunto monarca logró cosechar de amistad de los marbellíes, y la de la
Casa Blanca, el palacio de La Moncloa, Downing Street o el Kremlin.
Aunque pueden haber tenido algo que ver los más de nueve millones de barriles
de petróleo que Arabia Saudí exporta cada día. El heredero, Abdalá,
promesa de que todo seguirá igual En Occidente, Abdalá,
el heredero del trono, es contemplado a sus 81 años como una buena persona
para mantener el status quo. Es decir, para preservar la estabilidad del
reino y garantizar que no hay problemas con el suministro de crudo. Hay
analistas que han sugerido que tiene incluso un talante reformista y puede
iniciar los cambios políticos que transformarían Arabia Saudí
en un país aceptable de acuerdo con los criterios que la élite
de la comunidad internacional invocan cuando
conviene. Derechos extraños Abdalá, sin embargo, ya ha dejado claro en el
pasado su visión sobre estas espinosas cuestiones. “Es absurdo imponer a un
individuo o una sociedad derechos que son extraños a sus creencias o
principios”, ha explicado. También ha sostenido que las reivindicaciones de
derechos humanos suponen “una injerencia en los asuntos internos” de Arabia Saudí. Los cambios que sí acometió ya en su
etapa de gobernante de facto se refirieron a la apertura del mercado a las
empresas extranjeras y a la privatización de algunos conglomerados públicos
saudíes. Quien le sucederá a su muerte, el
príncipe Sultán, es situado por los observadores en la línea más dura de los Saud. Latigazos, lapidaciones y amputaciones de manos o pies El Gobierno de Riad
tuvo el privilegio de ocupar el farolillo rojo en un estudio realizado el año
pasado por la revista The Economist
sobre el imperio de los valores democráticos en los principales países
árabes. Con una calificación máxima posible de diez, obtuvo sendos ceros en
las categorías de libertades políticas y religiosas, cosechó un uno en
derechos de las mujeres, un dos en libertad de prensa y un tres en el imperio
de la ley. Todo, en fin, fueron prácticamente
sonados suspensos. Hubo una excepción, el siete que logró en materia de
apertura económica. En la clasificación global, para Riad
hubo sólo trece puntos, de un máximo posible de 60. Quienes hayan sido condenados a
latigazos, lapidaciones, amputaciones de pies o manos en algún tribunal saudí tendrán que hacer poco esfuerzo para convencerse de
que el estudio del semanario no es ajeno a la realidad. Son ésas penas
ordinarias, como lo es la decapitación para ejecutar una sentencia de muerte. Occidente, sin embargo, no parece
demasiado preocupado con estas minucias. Es lo que la organización Amnistía
Internacional denominó una “muralla de silencio” respecto a las graves
violaciones de los derechos humanos bajo el régimen de los Saud. |
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