A
menudo cuando leemos autobiografías, nos llega la tentación
de comparar nuestras experiencias--a justificar nuestro pasado cuando vemos
a otros que han pasado por caminos semejantes--a jactarnos con soberbia
de no haber compartido las debilidades de otros--o a codiciar las ventajas
que hemos carecido. He aquí un testimonio breve de como Jesús
ha sido Proveedor y Protector en mi camino a sanación.
Nací en la ciudad de Nueva York y me crié con mis padres y dos hermanas menores. Al yo llevar el mismo primer nombre de mi padre, mi madre y mis hermanas con cariño siempre me llamaban "Francie" (un apodo por mi segundo nombre). Mi primera exposición a una vida espiritual constó en asistir a Misa en la iglesia católica cada domingo
Mis padres debidamente me matricularon en una escuela parroquial católica. Aquí aprendí el catequismo, y recibí los sacramentos de confesión, primera comunión y confirmación antes del tercer grado. Aquí también me encontré con una presión agobiadora de conformar con los prejuicios ajenos. Las maestras rehusaron llamarme por mi nombre "Francie". Cuando me cogían jugando con mis amigas en la mitad del patio de recreo reservada para ellas, las monjitas se burlaban de mí y me mandaban al lado de los niños donde los malvados me maltrataban. Me regañaban por ser demasiado sensible y por mis lágrimas "forzadas."
En quinto grado mis padres intentaron arreglar mi "problema de conducta" con meterme en un internado para niños católicos. Aquí aprendí que para sobrevivir, yo tendría que jugar el papel y esconder mis sentimientos en un lugar secreto. Eran años solitarios y penosos, al no tener a nadie con quien yo podría ser honesta. Yo no quería la compañía de los niños y sus juegos bruscos, y me sentía más cómoda pero nunca plenamente aceptada entre las niñas.
Los años de adolescencia fueron peores--el miedo de que se descubriera mi secreta preferencia por ropa femenina, el miedo de ser ridiculizada como homosexual, la vergüenza y pena de esconder mis sentimientos, y mi exclusión de la compañía de las muchachas que ahora tenían interés en los muchachos. Yo temía los futuros cambios de pubertad y me decidí a pararlos con hormonas tan pronto como podría. Me decidí a nunca divulgar mi vida secreta ni mis sentimientos a nadie. Me retiré de contacto social y dejé de asistir a una iglesia que parecía irrelevante. Me enfoqué en mis empeños escolares para olvidarme de la pena de la soledad.
Los años en la universidad fueron un tiempo de crisis, auto-examen y una búsqueda por sentido en la vida. Ni la filosofía humana ni los cultos místicos proveían la respuesta. Por fin escuché La Palabra de Dios con el corazón abierto y el Dios de quien había oído cuando niña al fin me llegó a ser real. Me rendí la vida a El, toda menos mi único secreto. Temía demasiado divulgar eso a cualquiera, aún a El. Yo creía que El odiaría a Francie por la vergüenza y sentido de culpabilidad que la crueldad de los demás había puesto en mí.
Después de graduarme de la universidad, el Señor me abrió el camino a seguir mi sueño de estudiar la medicina. Aquí me reunía regularmente con un grupo de estudio bíblico donde crecí en conocimiento de la Escritura y volví a asistir a iglesia. Me envolví en ministerio de música y con los jóvenes. Yo creía que podía suprimir mis sentimientos y mi identidad interna a través de oración y una vida de "fe" según lo que otros dictaban eran las expectativas de Dios para mí. Siendo estudiante de medicina, yo podía tratarme en secreto con hormonas--esto alivió algo la incomodidad de vivir la farsa y lo más probable me salvó de algunos comportamientos riesgosos, pero yo pasaría muchos años solitarios en vergüenza y odio a mi misma.
También fue la primera vez de yo vivir lejos de mi familia y un tiempo de confusión interna y soledad extrema. Siguiendo con mi papel esperado, busqué compañía en relaciones con mujeres, purgando mi ropa femenina y suspendiendo las hormonas por meses o años cada vez. Para esconder mi completa ignorancia, estudié libros cristianos sobre el noviazgo. Así fue que en dos ocasiones tomé votos ante un ministro ordenado para amar a una esposa según la escritura dicta, aunque yo nunca revelé los sentimientos escondidos que equivocadamente creía que se curarían por este esfuerzo.
A través de los años esta decepción me llevó a desesperación, me robó la esperanza, el gozo y la dignidad, y me apartó aún más de Dios y de los que yo quería. Aunque yo nunca divulgué mi verdadero género en el primer matrimonio, ése se disolvió debido a la fuerza destructora de mis sentimientos suprimidos y mi falta de una verdadera alma de hombre con que jugar el papel. Al ignorar mi propia culpabilidad, me volví a casae después de cinco años. En aquella relación, mi hijos y yo fuimos maltratados fisica y emocionalmente, llevándome a la desesperación y dos fallados intentos a suicidio.
En el 2002 el Señor me abrió los ojos a mi error y me rescató de mi renegación a través del testimonio de la hermana en Cristo y colega la Dra. Becky Allison y otros. Aunque yo había invitado al Señor en mi vida años atrás, aprendí que aún para personas como nosotros, el amor de Dios en incondicional. El quiere que confiemos en El, que rechacemos las mentiras que creíamos, y que nos rindamos completamente a El así como somos de nuestra propia voluntad. Hasta el momento en que hacemos esto, no podemos ser sinceros con nadie, ni siquiera con nosotros mismos. Ahora al fin pude aceptar lo que yo había escondido y renegado durante tantos años--y como Francie me rendí toda la vida a Dios. Dios me ha bendecido con librarme de una vida de mentiras y soledad. Nunca jamás volveré a acusar que Dios se equivocó en crearme, y con gracias participaré en las bendiciones que El nos concede.
En el verano de 2003, procuré volver a congregar en la iglesia de mi juventud, pero ese pastor me hizo entender que yo podría asistir solamente si me escondia tras el disfraz de hombre y nunca compartir mi testimonio.* Yo sabía que nunca podía volver a esa mentira, y llegué a asistir a mi primer servicio en MCC Sacramento el 7 de septiembre de 2003. Aquí miré el amor incondicional de Dios en acción en el compañerismo de nuestros hermanos y hermanas. Aquí respondi al llamado de Dios para servirlo en Espíritu y verdad y proclamar el Amor de Dios a otros como nosotros quienes se sienten desamparados y no dignos de ese Amor.
Estoy confirmada en el Amor eterno de Dios, para proclamar con gracias que todos podemos experimentar la felicidad verdadera y llevar ese gozo a nuestros hermanos y hermanas cuando rechazamos las mentiras de este mundo y cuando reclamamos la bendicion de quienes somos como parte de esta bella y diversa creación de Dios.
Francie Milazzo
Ministra Láica
de Asuntos de Género
MCC Sacramento
21 de mayo 2006
* Desde entonces me impresiona cada día más como el Espíritu del amor, comprensión y compasión de Dios va superando el prejuicio, la ignorancia y la condenación que antes había en varias congregaciones (aún en la iglesia católica). Hoy hay más iglesias con ministerios donde todos podemos orar y adorar a Dios en Espíritu y verdad sin temor. Oremos para que Su amor se pueda manifestar en los corazones de todos Sus hijos e hijas.
Romanos 8
1 AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu.
2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
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Transjuventud
Espiritual - Soy moderadora de esta comunidad donde jóvenes
que son transgéneros o que cuestionan su identidad de género
pueden explorar su espiritualidad en un lugar seguro.
Primera publicación 13 enero 2003. Ultima actualización 2 agosto 2007. Esta página se actualiza constantemente.
